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viernes, 25 de septiembre de 2009

Paso 9: Que lo sepa todo el mundo ¡Nos vamos!

Primero quisiera disculparme por mi prolongada ausencia, no fue flojera o fastidio como pudiese parecer, fue un ataque de sequía creativa, acentuado por lo difícil de éste escrito en particular, verán, escribir puede llegar a ser como tener sexo sin ganas, sí, vas a "disfrutar" porque las terminaciones nerviosas seguirán estando allí, el problema es la relación post coito. ¡Oh! Puede llegar a ser desagradable porque no querías estar allí en un primer término.
Lo mismo le pasa al escritor, puedes llenar páginas enteras de palabras, pero no las sientes, cuando vuelves a leer tu escrito, créeme, las vas a borrar como quien limpia la conciencia de momentos bochornosos o experiencias traumáticas.
Dicho esto, pasemos a lo que vinimos.
El P.A.M., refrescando sus memorias, Plan Azaroso Migratorio, puede ser un diagrama de Pert o un papelito escondido en el bolsillo de atrás de tu pantalón, lo cierto es que, una vez esbozados nuestros pasos, tenemos que involucrar ahora a todos nuestros familiares y allegados, especialmente a los que más queremos.
Ya dije anteriormente que uno no se entera de que va a emigrar hasta que cruza la línea que separa el secreto de la publicidad en nuestra decisión, también afirmé que era extremadamente difícil dar ese paso. La verdad es que aquí puede venirse abajo toda la aventura, lo hecho hasta este momento es mero trámite comparado con que lo que entra en juego ahora y no hablo de tiempo, esfuerzo o dinero; hablo de sentimientos.
Si el emigrante potencial no está seguro, duda, sus acompañantes lo van a resentir y será el momento de dar y recibir ultimátum, no hay medias tintas, porque son dos posibilidades excluyentes, permutas: ¡Te vas o te quedas!
Ya todo esto suena dificilísimo, lo sé, pero digamos que no hay grietas en la voluntad migratoria y decidimos encarar el paso siguiente; pues, la cosa se pone peor.
Luego de reflexionar largamente acerca de qué debía o podía escribir aquí, decidí que no voy a recomendar otra cosa que, por favor, no lo hagan como lo hice yo y paso a narrarles cómo fue.
Llegué a ver a mis padres, como siempre hacía, nos sentamos a la mesa, como siempre hicimos, hablamos de todo como de costumbre y sin previo aviso, como nunca antes hice, sin preparación, lancé, atolondrado, torpe, dando inclusive la sensación de ser indolente y además poniéndome molesto, una serie de frases rotas, sin sentido, de las cuales mi familia dedujo que nos íbamos del país.
Van a pasar mil años, las circunstancias cambiarán, los niños de hoy serán adultos, viejos y otros niños nacerán. Esas palabras no se borran de la historia, así como no se borran de los corazones de quienes las dicen ni de quienes las reciben.
Háganse un favor, tengan bolas u ovarios y digan lo que tienen que decir en el más diáfano español que puedan confeccionar, no se desgarren pensando en cómo "no" dañar a nadie, porque eso es imposible.
Emigrar es un drama, no una comedia, el drama se edifica sobre el dilema y el dilema del emigrante está definido por la separación. Con la separación siempre hay alguien que sufre.

sábado, 25 de julio de 2009

Paso 1: Decidir que te vas

No existe un momento preciso en que puedas determinar que tomaste la decisión de irte. No podrás nunca decirle a nadie que fue el 20 de junio de tal año, a las tantas horas y tantos minutos, cuando por fin, luego de deshojar largamente la margarita, decidiste que tus destinos estaban allende las fronteras nacionales.
Es más, si alguien te dice: - ¡Ah, no! Yo sí sé cuando -. Es pura mentira, retamo, paja amarillenta y seca de tan obvia que es.
El primer paso de un emigrante es decidir que se va.
Como todo en la vida la decisión de irse es un proceso que empieza en algún momento y termina en el incómodo (o muy cómodo, dependiendo de las posibilidades económicas del viajero) asiento de un avión, un barco o un autobús; un buen día se juntaron los planetas, se acercaron los arcanos, se decidieron los dioses, te dio piquiña y ¡Zas! Te fuiste.
Muchas son las cosas que pasan por la cabeza de un potencial emigrante justo en esos días previos al inesperado momento de la decisión y por supuesto, muchas otras cosas pasarán después que se haya cruzado esa línea invisible. Es una confrontación inevitable, como un encuentro impostergable al que no se quiere ir.
Fue una mañana como todas las demás, o quizás una tarde mientras estaba atrapado en las entrañas de la enorme serpiente de carros, en que se ha convertido Caracas; o una noche calurosa, desparramado como un fardo de harina con hoyitos furtivos en el balcón del departamento, no sé. Lo cierto es que lo decidí o quizás no, pero la sensación de haber dado un paso hacia la salida me invadió lacerante, fría, resbaladiza.
Hay sin embargo un margen de tiempo durante el cual puedes todavía arrepentirte, escurrir el pesado bulto de tu decesión por debajo de la puerta que da al olvido, ese espacio de tiempo es el que transcurre entre el momento en que te decides a irte y el momento en que haces pública tu decisión.
Si bien no recuerdo cuando decidí convertirme en emigrante, sí puedo afirmar con la certeza del testigo presencial, que luego de hacer pública mi decisión, de forma atolondrada, imprudente, casi cruel con mis familiares; los hechos me llevaron, me arropó la realidad y el calendario se convirtió en escalones hacia la entrada a un mundo desconocido. Se pudiese establecer una analogía con la ansiedad que produce el paso del tiempo cuando se está esperando la llegada de un bebé: esperamos un nacimiento o un renacimiento, experimentamos una muerte o una resurrección, dependiendo del cristal con que se mire, la ancestral afirmación de que un vaso de agua que está medio vacío, también está medio lleno.
Pero, cabalgar toda esa ansiedad puede desgastar peligrosamente las bases de la decisión de emigrar, sobre todo y como ya expresé fue mi caso, luego de hacerla pública olvidé progresivamente las razones que me llevaron a tomarla.
Y es que emigrar es una decisión de bolas no de razones.

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